No sólo tenemos una estrecha relación con el agua: somos agua. El 70% de nuestro cuerpo y el 71% del planeta es agua pero sólo un 2% es dulce. El agua es un recurso finito que circula, se regenera y se transforma, pero no se puede crear. El ciclo natural ya no puede seguir el ritmo de la demanda global: si en 1900 la humanidad consumía unos 670 km³ anuales, hoy gasta cerca de 4.000[1]. Nos encontramos, pues, ante una crisis ecológica que interpela la forma en que consumimos y administramos este bien común que es también un derecho humano.

El agua renovable disponible -la de lluvia, acuíferos, embalses o depósitos- depende de una compleja infraestructura de captación, transporte y tratamiento (pozos, canales, desaladoras, depuradoras). Todo ello conforma una red vital que sostiene la vida humana, pero también la industrial, agrícola y energética. No es casual que la Bienal de Arquitectura de Venecia 2025 haya situado el agua en el centro del debate: mientras el Pabellón Catalán reivindicaba la imaginación radical como herramienta para afrontar su crisis, el proyecto The Architecture of Virtual Water de Benedetta Tagliabue hacía visible la huella hídrica invisible.

Beber, comer, producir o desplazarnos requieren agua. Por eso, casi todos los países disponen de Leyes del Agua que regulan los derechos de uso, la calidad, los servicios y las tarifas, así como la protección de ríos y lagos. Pese a ser un recurso gratuito, su tratamiento y distribución conllevan costes elevados. En muchos territorios, la escasez y la desigualdad en el acceso han generado tensiones (las guerras del agua) que atraviesan fronteras: es el caso de los conflictos alrededor del Tigris y el Éufrates, el canal de Crimea, el lago Chad o el Mediterráneo oriental y también de los abusos por parte de empresas transnacionales en sectores económicos estratégicos, que provocan un impacto negativo en el entorno y las comunidades afectadas[2].

Ante este panorama, es necesario imaginar pactos hidro-sociales[3] que integren conocimiento científico, comunitario y ambiental para garantizar una gestión sostenible y justa. Como defiende Yayo Herrero[4], recuperar la memoria de los cinco elementos —agua, aire, tierra, fuego y vida— es esencial para repensar nuestra relación con el mundo. El agua es recurso, metáfora y memoria; una fuerza que moldea territorios, cuerpos y relaciones.

En este marco, Cartografías de agua propone un recorrido por cuatro prácticas artísticas que convierten el agua en dispositivo de percepción, rastro histórico, genealogía del cuerpo y herramienta de resistencia. La exposición se despliega como una confluencia de miradas que vinculan ecología, espiritualidad, tecnología y cuidado. Las obras invitan a detenernos, a escuchar el curso del tiempo y del cuerpo, a percibir lo líquido como un espacio de relación y de memoria compartida.

Anna Dot. Libacions (2022–en curso)

Libaciones es un proyecto que consiste en una serie de páteras de cerámica y acciones colectivas. Se inspira en los rituales griegos de libación, en los que se derramaba agua o vino en honor de los ausentes. Sus páteras, decoradas con flora y fauna locales, se han activado en París, Villava y Sant Martí d’Empúries. En esta última acción, incluida en la exposición Aguas, lenguas y olvidos (Museo del Mediterráneo, 2024), las libaciones siguieron el trazado histórico del Ter, desde Colomers hasta el Mediterráneo, homenajeando un antiguo brazo del río hoy reducido a canales de riego. Libaciones combina investigación, gesto poético y comunidad, y nos recuerda que cada gota contiene una historia.

Caterina Miralles Tagliabue. 0.5 (2025)

0.5 es una instalación audiovisual que contrapone la inteligencia tecnológica de los centros de investigación climática y el saber popular de los pescadores de La Laguna de Venecia. El título -0,5 cm- alude al aumento anual del nivel del agua, símbolo del impacto del Antropoceno. Dividida en cuatro bloques temáticos, combina datos, relatos y paisajes para reflexionar sobre la ecología, la memoria y la convivencia entre formas humanas y no humanas de conocimiento. La obra se convierte en un espacio de observación y escucha donde la información científica y la sabiduría tradicional confluyen en un mismo flujo.

Fina Miralles. Mar, cielo y tierra (1973) y El retorno (2012)

Referente del arte conceptual catalán, Miralles ha explorado la relación directa entre cuerpo y naturaleza mediante acciones con tierra, hierba, piedras y agua. Mar, cielo y tierra es un collage que asocia palabras e imágenes -mar, cielo, nube, lluvia, sol- para aludir al ecosistema como unidad viva. El retorno es el registro fotográfico de una acción posterior en el tiempo que dialoga directamente con las llevadas a cabo en los 70 (Relaciones. Relación del cuerpo con el agua. El cuerpo en el mar) y que se vincula también a sus trabajos sobre la figura de la mujer, la fuente, el mar y las mujeres de agua como formas de memoria ancestral. Como dice la artista: «Lo que es importante es el agua que canta, el agua viva. Canta el agua, cantan los pájaros, las sirenas, las ballenas y cantamos nosotros.»[5] Su obra nos invita a reaprender a escuchar este canto primigenio, como un acto de afirmación y arraigo.

Stella Rahola Matutes. La Cronometradora (2023)

La Cronometradora es una instalación que convierte el vidrio en metáfora del agua y del tiempo. A través de una arquitectura translúcida y respirante, la obra reflexiona sobre el proceso artesanal y científico del material, su carácter poroso y mutable. Rahola propone un arte «bebible», hecho de vapor y luz, que nos recuerda la interdependencia entre materia, medio y cuerpo. Su investigación conecta tradición e innovación, conocimiento manual y tecnología, y defiende una práctica artística comprometida con la sostenibilidad y el cuidado del planeta.

Así, Cartografías de agua traza un itinerario que combina sensibilidad, conocimiento y compromiso. Las obras reunidas hablan de la necesidad de imaginar una nueva cultura del agua –una cultura que reconozca en ella no un recurso a explotar, sino una forma de vida compartida. En tiempos de emergencia climática, estas prácticas nos invitan a pensar desde el flujo, a entender que, como el agua, también nosotros formamos parte de un ciclo infinito de transformación y retorno.

 

 

 

 

 

[Cartografías de agua es una exposición colectiva comisariada por Montse Badia, con las artistas Anna Dot, Fina Miralles, Caterina Miralles Tagliabue, Stella Rahola Matutes, presentada en la Fundació Úniques 6/11/25 – 14/2/26]

 

 

 

[1] Paniagua, Jesús M. Agua. Historia, tecnología y futuro. Ed. Guadalmazán, Madrid 2023.
[2] Arenal Lora, Libia (ed.), Negocios insaciables: Estados, Transnacionales, Derechos humanos y Agua. Ed. Fundación para la Cooperación APY Solidaridad en Acción, 2015.
[3] Cerarols Ramírez, Rosa. «Pacte hidrosocial» en 100 paraules per a l’aigua: un vocabulari. (Ed. Eva Franch i Gilabert, Mireia Luzárraga, Alejandro Muiño). Catálogo  Catalònia in Venice. Water Parliaments. Evento Collaterale de la 19a Exposición Internacional de Arquitectura _ La Biennale di Venezia. Lars Müller Publishers, Institut Ramon Llull y Colegio de Arquitectos de Cataluña (COAC), 2025
[4] Herrero, Yayo. Los cinco elementos. Una cartilla de alfabetización ecológica. Arcàdia Editors. Barcelona, 2021.
[5] Fina Miralles en conversación con Mireia Sallarès. «Canta el agua, cantamos nosotros». Video-entrevista. Fondo #06  MACBA, 2021