Recientemente, la comisaria Àngels Miralda publicaba en la revista Frieze (febrero 2026) el artículo Who Killed the Independent Curator?, un texto que me remite a los primeros años 2000 (no sin cierta sensación de vértigo) cuando, en el contexto del Programa Curatorial de la Fundación De Appel de A nombres como Hans-Ulrich Obrist, Maria Lind o Hou Hanru eran referentes habituales.
Esta figura, heredera del legado de Harald Szeemann y de proyectos como When Attitudes Become Form (1969), ponía el énfasis no sólo en los conceptos y procesos artísticos, sino sobre todo en la complicidad con los y las artistas y en la interlocución crítica con la institución. Sin formar parte del organigrama institucional, el curador independiente desempeñaba un papel de mediación entre artistas, instituciones y públicos, generando espacios de tensión productiva.
Hoy el escenario es muy distinto. Los profesionales independientes (artistas, comisarios/as, curadores/as o mediadores/as) se convierten en pequeñas empresas unipersonales que deben asumir simultáneamente la gestión, la comunicación, la difusión y la producción, además del trabajo conceptual y de investigación. Esa multiplicidad de roles responde menos a una elección que a una precarización estructural del sector.
Asimismo, el arte contemporáneo compite por la atención en sociedades saturadas de estímulos, donde los impactos visuales de las redes sociales y la industria del entretenimiento desplazan a menudo la temporalidad lenta de la investigación y del pensamiento crítico. Aunque hasta qué punto puede ser tanto o más política la actuación de Bad Bunny en SuperBowl que programaciones completas de museos hablando de decolonización, es ya otro tema. Los recursos económicos existen, pero se distribuyen de forma desigual: abundan para grandes ampliaciones museísticas o instituciones emblemáticas, mientras que llegan con cuentagotas al tejido cultural independiente, a menudo en forma de subvenciones que generan incertidumbre presupuestaria hasta entrada la mitad del año.
En su artículo, Miralda señala también la consolidación de un modelo en el que las direcciones artísticas de las grandes bienales recaen en responsables de grandes instituciones, favoreciendo la circulación reiterada de artistas y discursos y produciendo una homogeneización que limita la pluralidad.
Sin embargo, las instituciones consolidadas comparten con las iniciativas independientes la voluntad de pensar el presente, preservar el patrimonio e imaginar futuros más justos, aunque esta aspiración se vea a menudo tensionada por sus propias estructuras. La solución no pasaría tanto por oponerse a la institución, sino por activar numerosas prácticas instituyentes entre arte y política que permitan implementar múltiples formas institucionales que puedan ser complementarias y realmente transformadoras.
[Texto publicado en la revista Bonart número 203, marzo 2026]