Protocolos de obediencia. El Estado de los datos en «Firma,» de Paula Artés

«Desvelar las estructuras de poder y control a través de la fotografía» es el leitmotiv del trabajo de Paula Artés. Partiendo de una formación fotográfica, su práctica ha desplazado progresivamente el foco hacia el proceso de investigación, incorporando metodologías propias del análisis crítico y político. En los sistemas que examina identifica mecanismos de poder y control que operan desde la distancia, la invisibilidad o la intangibilidad.

En distintos proyectos ha abordado la opacidad de un cuerpo del Estado, la Guardia Civil, entendida como sistema operativo de control policial (Fuerzas y cuerpos, 2016-2018); la explotación del entorno natural y las formas de regulación ejercidas por grandes oligopolios (Energía sumergida, 2018-2024; El caudal del río, 2021-2025); o el espacio VIP en un contexto deportivo como lugar de acuerdos de gran impacto político y económico (Palco de honor, 2025), por mencionar solo algunos.

Firma, (2017-2019) no es su trabajo más reciente, aunque el paso del tiempo le ha ido añadiendo nuevas capas de significado. Iniciado como proyecto de fin de carrera, bajo la tutoría de Tanit Plana y Marta Dahó, Firma, marca un punto de inflexión en el trabajo de Artés al otorgar un peso central a la investigación como parte constitutiva de la obra. Firma, se articula a partir de una serie de preguntas directas y profundamente políticas: ¿qué llega a saber el Estado sobre nosotros?, ¿cuánta información personal gestiona?, ¿desde dónde ejerce el control?, ¿qué uso hace de estos datos?, que sirven de detonantes para agudizar nuestra posición como ciudadanía crítica.

Firma, se centra en espacios oficiales que recogen y gestionan nuestros datos —centros médicos, registros civiles, tanatorios, bibliotecas, oficinas de correos—, que la artista fotografía mediante una cámara de placas y un proceso analógico. Las imágenes muestran lugares anónimos, prototípicos y perfectamente intercambiables, sin rastro de presencia humana. Los encuadres, cuidadosamente elegidos, remiten a puntos muertos: espacios sin salida, pasillos sin puntos de fuga, atravesados por una atmósfera kafkiana. Son imágenes que evocan los aspectos burocráticos de nuestras vidas, ya indistinguibles de los vitales.

De manera paralela, Artés recopila una gran cantidad de documentos procedentes de estos mismos espacios, formularios en los que se nos solicita información personal y que, de forma reiterada, culminan con el mismo verbo en imperativo: “firma”. A veces acompañado de una coma que pretende suavizar la orden, otras seguido de dos puntos, pero siempre enunciado como mandato. Un gesto aparentemente banal que condensa la cesión de derechos, datos y responsabilidades en un solo acto.

Fotografías y documentos configuran así un retrato de la estructura administrativa del Estado como un panóptico contemporáneo. El diseño carcelario de Bentham (una torre central desde la que se vigila a los reclusos sin que estos sepan si están siendo observados) y su reformulación por Michel Foucault, como tecnología de poder extensible a toda la sociedad, adquieren un nuevo peso en el contexto de la digitalización acelerada, especialmente a partir de 2020 con la pandemia.

El libro de artista(1) que forma parte del proyecto incluye una conversación reveladora entre Paula Artés y Gemma Galdón Clavell, doctora en políticas de seguridad y tecnología y analista de políticas públicas. En ella se recuerda cómo el Estado moderno se funda sobre la gestión de datos como forma de organización y control, y cómo la burocracia desempeña un papel clave en su constitución histórica.

Con la digitalización, esta capacidad de control se incrementa exponencialmente. Los datos que aportamos voluntariamente se cruzan con aquellos que se recogen de forma involuntaria, generados por nuestra actividad cotidiana, desde las compras que realizamos hasta los itinerarios que seguimos, los servicios que utilizamos o las plataformas que consultamos. Estamos más controlados, pero somos menos conscientes de ello y, paradójicamente, tenemos menos capacidad de control sobre nuestros propios datos.

El tecnofeudalismo (2) del que habla Yanis Varoufakis deja de ser una abstracción teórica para convertirse en una realidad palpable. Las infraestructuras digitales de datos no tienen como finalidad principal facilitarnos la vida ni ampliar nuestros derechos, sino maximizar la rentabilidad de las grandes corporaciones tecnológicas globales.

Los espacios que fotografía Paula Artés siguen existiendo, aunque sus funciones se hayan transformado radicalmente. Ya no es necesario desplazarse físicamente para realizar un trámite: bastan uno o varios clics. Los datos ascienden entonces a lo que llamamos “la nube”, un término poético y aparentemente inocuo que oculta la proliferación de centros de datos físicos, altamente consumidores de recursos, especialmente agua y electricidad, con un impacto ecológico y geopolítico cada vez más evidente.

La desaparición del espacio físico no implica la desaparición del control, sino su intensificación. El poder ya no necesita arquitectura monumental ni presencia visible, opera de manera distribuida, opaca y automatizada. La burocracia, lejos de diluirse, se vuelve más eficiente, más rápida y más difícil de cuestionar. El gesto de firmar, ahora convertido en aceptar, marcar una casilla o deslizar un dedo, se produce con mayor frecuencia y con menor conciencia de sus consecuencias.
Firma, nos sitúa ante una paradoja central de las democracias contemporáneas: cuanto más se agilizan los sistemas administrativos, menos margen queda para el disenso. El consentimiento se vuelve una formalidad y la responsabilidad se desplaza hacia el individuo, mientras las infraestructuras de poder permanecen fuera de nuestro campo de visión. La invisibilidad se convierte así en una estrategia política fundamental. Lo que no se ve no se cuestiona, y lo que no se cuestiona se normaliza.

En este sentido, el proyecto de Paula Artés traza una cartografía crítica del presente, en el que el control no se impone por la fuerza, sino que se gestiona mediante protocolos, interfaces y lenguajes administrativos que hemos aprendido a aceptar como inevitables.

Comprender estos mecanismos, hacerlos visibles y nombrarlos es un gesto profundamente político. No garantiza la emancipación, pero constituye una condición indispensable para imaginarla. Porque solo aquello que se comprende puede ser cuestionado, y solo aquello que se cuestiona puede, eventualmente, transformarse.

(1) Artés, Paula, Firma. Cuaderno de la Kursala, nº 90. Universidad de Cádiz, 2025.
(2) En Varoufakis, Yannis, Tecnofeudalismo, El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto, 2024 (Traducción de Marta Valdivieso), el autor identifica a los propietarios de lo que llama «capital de la nube» como nuevos señores feudales, que nos convierte en siervos. La consecuencia es un aumento de la desigualdad.
Paula Artés, Firma,

[Este texto acompaña la exposición Firma, de Paula Artés en el Centre Cultural Melchor Zapata, Benicássim. 19 Febrero – 26 Abril 2026]