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"Reflexiones y análisis sobre arte contemporáneo y cultura."

Al hablar de censura, a menudo pensamos en prohibición o cancelación, en los nudos que escandalizaban a la Iglesia en el pasado y que ahora siguen bloqueando los algoritmos de Facebook e Instagram; en las críticas a la religión, en el Piss Cristo de Andrés Serrano o en la revuelta política de las Pussy Riot. Pero la historia nos demuestra también que existen formas más sibilinas de invisibilizar lo que interesa que no se conozca. En el prólogo no publicado en Animal Farm [La rebelión de los animales], George Orwell escribía que “las ideas impopulares pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse, sin necesidad de prohibición oficial alguna”. En nuestro presente de sobreproducción de propuestas artísticas y culturales es más fácil invisibilizar algo que no se considera «apropiado» que generar un gran gesto público de negación que, a menudo, acaba teniendo un efecto amplificador, el llamado efecto Streisand.

Memoria subversiva

En ocasiones, una cancelación puede ser el detonante de un nuevo trabajo. En 1988, el programa cultural por excelencia de TVE, Metropolis, invitó a Antoni Muntadas a producir un trabajo nuevo. El artista exploró durante un par de años los archivos de TVE (testigo clave de la historia más reciente del Estado español), encontrándolos en un estado absoluto de abandono y desidia. Observó también que la retórica visual dedicada al rey Juan Carlos I no era muy distinta a la de Franco. Con todo ese material, Muntadas entregó su trabajo TVE: primer intento, un vídeo de 40 minutos que el programa nunca emitió sin dar explicaciones.

Aquella situación, que el artista identificó como un caso flagrante de censura, fue el detonante de The File Room, (www.thefileroom.org), un trabajo todavía en activo que recoge online casos de censura artística y cultural, desde de la Antigua Grecia hasta la actualidad, y que se nutre de nuevos incidentes que incorporan a los usuarios. El archivo, originariamente producido por la Randolph Street Gallery de Chicago y la Universidad de Illinois (Chicago), es desde el año 2001 alojado y mantenido online por la National Coalition Against Censorship, radicada en Estados Unidos.

Lecturas contra la norma

Los libros, como símbolos de generación de conocimiento, han sido (y son) objeto de censura, prohibición y quema. Lo recogía Ray Bradbury en su distopía Farenheit 451, que hablaba de control, de prohibición de los libros y del miedo a pensar por uno mismo. Hay artistas que reflexionan, como Marta Minujín en The Parthenon of Books (literalmente, un Partenón hecho con libros censurados, que se presentó en Documenta 2017 ante el Museo Fridericianum) o Miquel García (Listo de books burned in Germany in 1933, cuyos títulos podían leerse, precisamente, al aplicar una fuente de calor, el fuego que les había hecho desaparecer les volvía a hacer visibles).

Fricciones en la censura

Hay artistas que no trabajan directamente la censura como tema, pero que profundizan en temas que crean fricciones. Es el caso de Núria Güell, cuando explora aspectos relacionados con la financiación (en Arte político degenerado, protocolo ético, 2014, creó, junto con Levi Orta, una sociedad anónima en un paraíso fiscal, con el dinero de producción de un centro de arte público, y un tiempo después dio la gestión de la empresa con todas sus ventajas a un grupo de activistas que desarrollaban un proyecto de sociedad autónoma al margen de las dinámicas capitalistas); con las condiciones de trabajo de las artistas (en Afrodita, 2017 destinó el presupuesto de producción de una exposición a pagar las cuotas de la Seguridad Social durante siete meses, a fin de poder cobrar las prestaciones durante su baja por maternidad), y con la reinserción de los presos (Human resources, 2022, en los que presos alemanes podían acceder a un trabajo pero, al estar en una institución cultural, no podía ser remunerada sino compensada en forma de una invitación a comer pizza y Fanta).

Autocensura y otras controversias

Otros artistas, como Santiago Sierra, utilizan la controversia como herramienta creativa para generar un efecto altavoz de sus obras. Sierra profundiza en temas muy críticos y lo hace desde relatos, que ya en sus títulos, generan polémica: Muro de 137.400 litros de agua del Mediterráneo, 2022; Escudo nacional de España estampado en sangre, 12/10/2021; No (Rey de España), 2019; Presos políticos en la España contemporánea, 2018; 697 crimenes de estado, 2018; Veterano de guerra de Afganistán de cara a la pared, 2011; Enterramiento de diez trabajadores, 2010; entre otros.

Pero sin duda la peor censura, la más efectiva, es la autocensura, el miedo a decir o hacer lo que no es apropiado, que puede no gustar, que puede incomodar, que no es políticamente correcto o que puede ser objeto de crítica en la esfera pública, esto es, en las redes sociales. Contra la autocensura hablaba el artista Ragnar Kjartansson en el documental Soviet Barbara, el Story of Ragnar Kjartansoon in Moscow: “He expuesto en lugares políticamente cuestionables, porque pienso que es mejor hacer algo subversivo que no hacerlo”.

[Artículo publicado en Bonart, 199 marzo-agosto 2024]

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‘Equipos verdes’; versus ‘lavado verde’

Vivimos en un mundo de contradicciones: hablamos de igualdad en sociedades cada vez más desiguales, hablamos de empatía y no paramos de producir armas mientras dejamos que las personas que huyen de sus países se ahoguen muy cerca de nuestras costas … El mundo del arte también vive esta situación paradójica. La agenda 2030 es la hoja de ruta y hacemos exposiciones sobre sostenibilidad y cómo construir un mundo mejor en comunidad, mientras jets privados asisten a inauguraciones de espacios de arte que promueven la preservación del entorno, por no hablar del desbaratamiento de recursos que suponen los grandes eventos artísticos (ferias, bienales o blockbusters ) o, en el día a día de muchos museos, la cantidad de materiales de exposiciones que no se reciclan, los sistemas de iluminación o de climatización energéticamente poco eficientes o cómo nos impacientamos cuando los resultados de una búsqueda online tardan más de un segundo.

Con el objetivo de proporcionar guías de actuación para trabajar en términos de responsabilidad ambiental desde el mundo del arte, nace Gallery Climate Coalition, una entidad sin ánimo de lucro que trabaja desde Nueva York, Los Ángeles, Taiwán, Londres, Berlín, Italia y desde hace unos meses también desde España, impulsada por Carolina Grau y Latitudes, entre otros.

Y como nada mejor que los datos para visualizar lo que puede ser cambiado, la página web de GCC (www.galleryclimatecoalition.org) ofrece una calculadora que indica la cantidad de CO2 que producimos al realizar un viaje de trabajo, organizamos un transporte, imprimimos documentos o trabajamos desde casa.

Una institución que ya ha incorporado medidas concretas es el Museo Guggenheim de Bilbao, que ha cambiado el sistema de iluminación, aprovechando al máximo la luz natural, utiliza muros de papel reciclado para las exposiciones temporales, utiliza cajas de alquiler para en el transporte de obras, reutiliza los elementos museográficos y está iniciando un trabajo en red para compartirlos con otras instituciones (siguiendo el modelo de Barder.art en Estados Unidos). Ésta es precisamente la diferencia entre los green teams y el green washing . Montse Badia

 

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