Textos

"Reflexiones y análisis sobre arte contemporáneo y cultura."

La cultura digital ha cambiado nuestra manera de leer textos. Leemos en diagonal, en forma de hipertexto o a partir de palabras claves. Las redes sociales han tenido un papel destacado en este proceso. Aunque nos cueste reconocerlo, el botón «me gusta» está teniendo un gran impacto en la manera en que nos relacionamos y accedemos a las manifestaciones culturales. El mundo facebook está determinando y homogeneizando los comportamientos. Alguno de nuestros 2000 amigos (de los cuales personalmente quizá conozcamos a 350) cuelga una foto de un viaje y clickamos «me gusta», un artista que conocemos hace públicas imágenes de su última exposición y escribimos un rápido y entusiasta comentario, alguien más pone en su muro una foto de un plato exquisito que acaba de preparar y le damos al «me gusta», se muere un actor que apreciamos y decimos «me gusta» con el icono del pulgar hacia arriba, aunque en realidad lo que queremos decir es que nos afecta, que lo lamentamos y que nos gusta recordarlo por sus memorables actuaciones. Alguien más cuelga un link sobre una situación denunciable (el maltrato a un animal, un artista víctima de un caso de censura o la introducción de una nueva ley que nos retrotae a los años 50) y tenemos que decir «me gusta», aunque sobreentendemos que lo que aplaudimos es la denuncia de los hechos.

Igual de limitados nos encontramos cuando queremos reaccionar ante noticias relacionadas con la cultura, por ejemplo, con la publicación de un artículo sobre un tema artístico. Decimos «me gusta» incluso antes de leerlo. Lo que en realidad queremos decir es «me gusta que alguien lo haya escrito», «me gusta que alguien comparta la referencia en las redes sociales», «me gusta el título…. aunque ya lo leeré en otro momento con más calma». Un momento que sólo llega para un porcentaje muy pequeño de casos, porque de nuevo estamos ocupados señalando otras muchas cosas que apreciamos que estén allí.

La cultura del «me gusta» es el triunfo de unas formas de evaluación cuantitativas más que cualitativas, de la absoluta falta de matices. De la misma manera que a las instituciones artísticas se les pide siempre que justifiquen sus programaciones ante los políticos a partir de cifras de público. La cultura del «me gusta» tiene como objetivo tener muchos «likes», masas seguidores o de amigos. Es una cultura de cifras, en la que todo es cuantificable y siempre se puede acceder a un nivel superior si se contratan servicios adicionales.

Pero ¿dónde queda el lugar para la discusión y el intercambio de opinión? En relación al arte, en las redes sociales sucede en muy contadas ocasiones y siempre teñidas de polémica (con temas tan diversos como el Canódromo o Bibiana Ballvé). En los foros online de los artículos sobre cultura de los periódicos después la quinta intervención empiezan los insultos. En las revistas especializadas en arte raramente se producen comentarios. Seguramente el lugar de debate vuelve a ser el presencial, los bares, las tertulias o los encuentros cara a cara.

Link al artículo en A*DESK

George Kaplan es un mito, una leyenda, un rebelde, un virus, una ficción, o mejor dicho, varias ficciones. George Kaplan aparece en la película Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock. Es el personaje con el que confunden a Cary Grant y a causa del cual es perseguido por una avioneta fumigadora en un campo de trigo. En realidad, George Kaplan es un personaje fantasma del que se crean hasta los últimos detalles, que incluían ir moviendo sus pertenencias de un hotel a otro para hacerlo desaparecer justo en el momento en que Cary Grant estaba a punto de dar con él.

George Kaplan es también el título y el leitmotiv de la obra de teatro escrita por Frédéric Sonntag que se representa en la Sala Beckett de Barcelona. Se trata de una comedia política que explora las relaciones entre el poder y la ficción. G.K. se compone de tres escenas con distintos personajes, representadas por los mismos actores (un grupo de activistas, un equipo creativo y un gobierno en la sombra), que se enfrentan al mismo reto: crear una ficción que tenga efectos virales, en el primer caso, que pueda ser utilizada como coartada por otros, en el segundo y que sea una herramienta de control, en el tercer caso. Jugando con teorías conspiratorias, en un momento determinado de la obra, Kaplan no sólo aparece en el film de Hitchcock sino también en obras secretas de los dadá, de Warhol o del mismísimo John Cage.

En los tres actos, George Kaplan es la pieza clave que pone en evidencia el papel de la ficción en el mundo contemporáneo, desde los blockbusters hollywoodienses, hasta el storytelling (o el arte de narrar) político, pasando por los relatos de la publicidad. En realidad, todos ellos cumplen la misma función: sumarnos a un tipo de pensamiento, identificarnos con determinadas maneras de actuar o hacernos consumir ciertos productos.

 

Para un artista es tan importante que su trabajo sea conocido, reconocido y apreciado, como que sea debidamente contextualizado, que pueda formar parte de toda una genealogía, que se pueda trazar una continuidad en su trayectoria, enlazándola a artistas anteriores y también a artistas de generaciones posteriores. Cinco casos tomados de diferentes momentos y contextos pueden servir para evidenciar este hecho:

Caso 1: En Alemania, los profesores de las Escuelas de Arte acostumbran a ser artistas en activo que pueden acercar a sus alumnos a la realidad del mundo del arte. No sólo eso, sino que los futuros artistas especifican en sus curricula el nombre del tutor con el que han seguido sus estudios. No es casualidad, pues que se pueda hablar de una Escuela de Düsseldorf, con profesores como los Becher, entre cuyos alumnos se cuentan Andreas Gursky o Thomas Ruff, entre otros. Que a su vez, pueden ejercer de profesores en el mismo ámbito.

Caso 2: En el año 2004, Pierre Huyghe firma un artículo en un número especial de la revista Artforum dedicado al Pop Art, que titula “Garden Party”. En él, Huyghe se centra en The Factory, el estudio de Andy Warhol en Nueva York, un lugar de encuentros y colaboraciones. Huyghe subraya los aspectos más cercanos a las “estéticas relacionales” -los lugares de encuentro, intercambio y experiencia- categoría en la cual él mismo era incluido. De esta manera, la relación “Warhol y yo” quedaba establecida y nada menos que en una revista tan influyente internacionalmente como Artforum.

Caso 3: Gabriel Orozco conoce la importancia de hablar con otros artistas y durante mucho tiempo organizó tertulias y encuentros en su casa de México. Cuando en el año 2000 el trabajo de Gabriel Orozco empieza a tener una cierta visibilidad y le proponen presentar una exposición extensa de su trabajo en el Museo Tamayo de México, Orozco no busca un comisario de renombre para trabajar con él, sino que busca a un grupo de comisarios recién salidos de la universidad. Como a menudo le gusta comentar al artista Antonio Ortega a propósito de esta anécdota, no deja de ser una forma eficaz de asegurarse el agradecimiento y un lugar como referente para las generaciones posteriores.

Caso 4: Jorge Oteiza es el gran referente para los artistas vascos, a favor o en contra, como padre al que hay que seguir o como padre al que hay que matar, la mayoría de los artistas que trabajan en el País Vasco han analizado, debatido y discutido su trabajo y su legado.

Caso 5: En Catalunya cuesta establecer genealogías. Hablamos de grandes nombres aislados como Miró, Dalí o Tàpies. Miró quiso crear el Centro de Estudios Avanzados en la Fundació Miró pensando en generaciones más jóvenes. En cambio, una genealogía a partir de Tàpies resulta difícil de trazar. Con Muntadas o Aballí encontramos un inicio de actitud abierta y dialogante en relación a los artistas más jóvenes. Sin embargo, rastrear una genealogía que empiece en la segunda mitad del siglo XX es un problema todavía no resuelto.

A veces trazadas por la historiografía, en otras ocasiones desde la coetaneidad o por los propios autores para forzar la pertenencia a esa genealogía deseada o para discutir con sus antecesores más cercanos, lo que evidencian estas relaciones es su importancia en la trayectoria de los artistas y en la creación de contexto.

[Arrtículo publicado en Bonart, 2014]

Link al artículo en A*DESK

Cada sábado, el programa Tot és comèdia de Ràdio Barcelona/Cadena Ser termina con la sección “Vull” (Quiero) en la que un invitado expresa sus deseos, esto es, “todo aquello que quiere”, y lo hace siguiendo la pauta de un poema de José Agustín Goytisolo titulado Quiero todo esto. Suscribimos todo esto para el 2014.

QUIERO TODO ESTO

Quiero ser informado de todo lo que ocurre al más alto nivel

Quiero ver a la gente uno por uno

Quiero que me amnistíen por todo lo que pienso hacer de ahora en adelante

Quiero entrar en los cines sin pagar

Quiero que una persona de fiar escoja mis camisas y nunca se equivoque

Quiero un informe sobre el comportamiento sexual de los sexólogos

Quiero que los cocineros no sean obscenos

Quiero que ordenen llevar camisa azul a todos los que en su día la llevaron

Quiero que no me den gato por liebre

Quiero que el socialismo vaya sin más directamente al grano

Quiero aprender inglés en 15 días

Quiero saber con precisión exacta la verdadera forma del Universo

Quiero que los croissants siempre estén calentitos y sabrosos

Quiero misas de culo y en latín

Quiero saber si el papel higiénico de la Real Academia limpia fija y da esplendor

Quiero ser la Madre Abadesa

Quiero que se prohíban los canalones y la plusvalía

Quiero que el Imperio Romano no siga decayendo de este modo

Quiero que fichen a la policía

Quiero comer Potitos Bledine

Quiero el control de natalidad con carácter retroactivo

Quiero que se sepa que el Presidente de U.S.A. barre para su casa de una manera descarada

Quiero amor

Quiero lanzarme en plancha y rematar marcando el sexto gol al Real Madrid

Quiero que Manolo no se quede calvo

Quiero saber si alguien me está robando los calzoncillos

Quiero entablar un Juicio

Quiero volver a merendar en la terraza con mis primas y Tía Catalina

Quiero que me homologuen en Ohio

Quiero que alguien me nombre su Delegado en el Exterior

Quiero que Reus sea puerto de mar

Quiero que me devuelvan la gabardina que me quitaron el 17 de Noviembre de 1949 en el Cine Carretas

Quiero que Dios exista

Quiero que los Catedráticos de estética no sean tan feos

Quiero ser de derechas

Quiero jugar al mus

Quiero que no menoscaben mi integridad

Quiero tener aparcamiento reservado dondequiera que vaya

Quiero bailar rock

Quiero que le salga un sarpullido al Santo Padre

Quiero una mantita en la barriga a la hora de la siesta

Quiero que se firmen todos los acuerdos

Quiero destituir a Bing Crosby de un modo fulminante

Quiero fugarme con la morterada

Quiero comer centollo con Julia y con la Ton

Quiero triunfar como una bestia

Quiero que no se me invite otra vez a disolverme pacíficamente

Quiero que emplumen a San Valentín

Quiero que Cataluña llegue hasta el Tirol

Quiero un felpudo igual que el del vecino

Quiero considerar seriamente la posibilidad de que me expulsen de cualquier país

Quiero unas garantías mínimas

Quiero que se suprima la circulación periférica

Quiero que en las cajas de quesitos hayan más quesitos

Quiero a las Islas Filipinas

Quiero que se eliminen las condiciones objetivas ya que por culpa de ellas todo sale mal

Quiero que no tiren más a nuestras mujeres

Quiero tirarme a alguien

Quiero controlar el gasto Público partida por partida

Quiero ser bueno

Quiero que se me paguen daños y perjuicios

Quiero que cada pueblo tenga el gobierno que no se merezca

Quiero que no me avergüencen más en las autopistas

Quiero que no haya clase obrera

Quiero que trasladen las Fallas de Valencia

Quiero que no vuelvan los buenos tiempos

Quiero revolcarme en la alfombra del Hotel des Templaires

Quiero ser hábilmente interrogado para cantarlo todo a la primera friega

Quiero sardinas en escabeche y pan tostado con aceite y sal

Quiero ascender por méritos de guerra

Quiero que se me incapacite legalmente para no ser ya nunca responsable de nada

Quiero que no me maten la ilusión

Quiero que no vuelvan a salir goteras en el techo

Quiero que todo el mundo cobre más

Quiero que no se me hinche la barriga

Quiero que me convenzan

Quiero un poco de caridad cristiana

Quiero que todos pasen por el tubo

Quiero un nuevo cepillo de dientes.

Quiero todo esto.

Yo no puedo seguir viviendo así:

es una decisión irrevocable

Estamos en una situación de emergencia. Los valores y modelos sociales, políticos y económicos están cambiando y nos tememos que para peor. Hacer un balance de lo que ha sido el año 2013, ya no es un ejercicio inocente consistente en señalar lo que nos ha gustado y lo que no, sino que no puede aislarse del rumbo que están tomando las cosas. El año 2013 empezó mal, con una progresiva pérdida de libertades individuales y una voluntad de generar miedo e inseguridad. La cultura, “la opción política más revolucionaria a largo plazo” como dijo Montserrat Roig, está ahora en el punto de mira.

En el contexto del arte, lo peor han sido los recortes que han precarizado el sector. Las instituciones han visto reducidas sus fuentes de financiación, pero quienes han salido peor parados son artistas, críticos, comisarios, diseñadores y montadores que han visto disminuir dramáticamente sus perspectivas de trabajo. En lugar de buscar soluciones, las instituciones están desorientadas y paralizadas. La crisis y los recortes se han utilizado políticamente para hacer desaparecer iniciativas en las que no se creía, como el Espai Zer01 de Olot, el Centre d’Art de Tarragona o la Oficina de Difusión Artística de la Diputación de Barcelona, entre otros. Can Felipa se salvó, pero por los pelos.

Pero como por naturaleza tendemos más a ver la botella medio llena, hay que mencionar las cosas positivas de 2013. La principal, que hay gente capaz de decir NO y hacer cosas. Ha sido un año en el que han tenido lugar presentaciones, exposiciones, eventos, proyectos, intervenciones, festivales y encuentros en lugares poco habituales (estudios de artistas, las calles de la ciudad, espacios domésticos o la playa). Todas estas iniciativas a cargo de agentes independientes han demostrado que hay vida (y mucha) fuera de la institución. Mencionaremos algunas, como la exposición “A Place no cars go”, organizada por Quim Packard y presentada en su estudio, los festivales Lycra y Plaga, las propuestas de colectivos como Morir de Frío o Azotea, entre otros. Destacan también los espacios independientes que siguen al pie del cañón, defendiendo sus programas, como halfhouse o homesession, y otros como BAR, centrados en el intercambio.

Es muy positiva la celebración de los 35 años del Espai 13 de la Fundación Miró. Las galerías que se repiensan, como ADN que ha inagurado ADN Platform, un espacio para comisarios y artistas, con exposiciones, debates y presentaciones. O la Fundación Tàpies, pionera en hacer accesible su archivo, se ha enfrentado a una tarea que tenía pendiente, la figura de Tàpies. El resultado fue “Contra Tàpies”, comisariada por Valentín Roma.

Y acabamos con los “auguri” para el 2014, del que esperamos que reine una actitud más crítica, con más acción y menos cobardía, más riesgo, más compromiso y más honestidad.

[Artículo publicado en Bonart, 2013]

Empezó de manera casual y festiva: en el año 2003, Mario Flecha invitó a un grupo de amigos a realizar un evento artístico en una casa que acababa de comprar en Jafre, un pueblo del Baix Empordà que cuenta con 300 habitantes. Con toda la ironía del mundo lo llamó «bienal». Era el momento del boom de las grandes bienales internacionales. Sólo en ese mismo año tuvieron lugar las de Venecia, Sharjah, Estambul, Beijing, Cairo, la Habana, Kyoto, Mercosul, Lyon, Praga, Göteborg… Un par de años antes y con similar guiño de complicidad, Maurizio Cattelan había organizado la 6th Caribean Biennial, una semi-falsa bienal que ofrecía a los diez artistas invitados una semana de vacaciones sin arte ni obligaciones en la isla de St. Kitts. Ironías a un lado, Jafre siguió celebrándose cada dos años y consolidándose como la «bienal más corta y pequeña del mundo». Con una duración de dos días, un listado de catorce artistas invitados y un ámbito de actuación que se ha extendido a todo el pueblo, este verano ha celebrado su sexta edición.

Comisariada por Mario Flecha y Carolina Grau, a los que este año se ha unido el compositor Daniel Teruggi, lejos de competir con otras bienales, la Bienal de Jafre ofrece a artistas, visitantes y habitantes de Jafre una experiencia agradable, una serie de intervenciones de carácter efímero y sobre todo vivencias y encuentros. Por la bienal han pasado artistas nacionales e internacionales de diferentes generaciones y trayectoria, como Muntadas, Miralda, Ignasi Aballí, Jordi Mitjà, Jordi Colomer, Francis Alÿs, Yamandú Canosa, Martin Creed, Bestué/Vives, Patricia Dauder, Dora García, Wilfredo Prieto, Oriol Vilanova o Tamara Kuselman, por mencionar solo algunos.

«Escampar els fems» ha sido el título de esta edición, que aludiendo al entorno semirural, puede ser leída como una metáfora de la situación actual, en la que la crisis ha evidenciado toda la porquería escondida. De naturaleza optimista, la premisa de los comisarios contempla la posibilidad de que la mierda y el olor insoportable puedan tener el efecto positivo de fertilizar y hacer que crezcan cosas nuevas. En cualquier caso, la presente edición de la bienal es una apelación a la capacidad crítica, de artistas y visitantes, con la complicidad y la participación de los habitantes de Jafre. Y estos han sido algunos de los momentos más destacados: Perejaume ofreció un ramo de flores cogidas del punto más elevado al más bajo del municipio; Ryan Rivadeneryra recorrió una parte del río Ter de noche en una barca hinchable que acabó pinchando; Daniel Steegmann instaló una versión del «Cirque de Relations» (con un tractor y otros elementos) en una era; Julia Mariscal realizó una intervención con pollos y esculturas en la carnicería Raliu; Ruth Proctor escribió la frase «Se’n va anar cap enllà» frente a un santuario; Bea Turner apeló al misterio y la incertidumbre en una acción que implicó una tela, una lona y bastante humo; Salma Cheddadi proyectó el film «Sweet Viking» sobre el viaje de la cantante islandesa Jara a la casa de su padre enfermo, en el transcurso del cual relata historias del país, de elfos y trolls. Hubo concierto del compositor Diego Losa en colaboración con Daniel Teruggi. Y también hubo paella y celebración.

En sus orígenes la bienal de Jafre no iba de estrategias profesionales para que artistas y comisarios hicieran curriculum ni carrera internacional, sino de trabajar desde la libertad que permite lo micro para disfrutar, mantener diálogos directos, para que el arte sea algo cercano, poco pretencioso y abierto a todo el mundo. Tras seis ediciones y un listado de artistas cada vez más ambicioso, es evidente que ya no sólo es una reunión de amigos, y su ámbito de actuación es también cada vez más amplio. El riesgo es la institucionalización, el acercamiento al marketing y a las industrias culturales. La jugada inteligente sería la de enfatizar la pequeña escala, la cercanía, el «do it yourself», la autenticidad, la experiencia y la vivencia.

[Artículo publicado en Bonart, 2013]

Vínculo al artículo en A*DESK

Llevamos tiempo observándolo. Quizá sea debido a la crisis y los recortes, pero no sólo. Está pasando en la mayoría de las manifestaciones culturales: cine, teatro, música y, por supuesto, artes visuales. Hay un regreso a la autogestión, al do it yourself, a la interlocución directa e individualizada con el espectador, a la pequeña escala.

Esta semana lo hemos visto en el Teatre Romea de Barcelona, en La nit just abans dels boscos (La noche justo antes de los bosques), un monólogo escrito por Bernard-Marie Koltès, que habla de soledad, de incomprensión y de rebelión. En esta ocasión, su director Roberto Romei no ha dejado que escuchemos este intenso monólogo cómodamente sentados en la platea del teatro, sino que hace que el espectador salga a la calle y sea interpelado por un personaje (brillante Òscar Muñoz) que podría ser cualquiera de los que habitualmente pululan por el Raval. Indefenso, vulnerable, reivindicativo, desesperado y digno, al mismo tiempo, el protagonista de La nit just abans dels boscos interpela al espectador y le guía por un recorrido por las entrañas del teatro mientras le explica sus experiencias, frustraciones, anhelos y deseos, como sólo se le pueden contar a un desconocido que nunca más se volverá a ver. Hay preciosos momentos de verdad en esa representación que termina en los camerinos, de los que el actor no puede salir a saludar, ni salir de su personaje porque, desde el principio, se ha renunciado a la segura separación entre el espacio de representación y el lugar del espectador.

No muy lejos del número 51 de la calle Hospital, donde está el Teatro Romea, está el número 14 de la calle Muntaner. Allí vive Mireia Sallarès, una artista que precisamente realizó un proyecto sobre “la verdad” y, como escribía Pilar Bonet en un artículo que le dedicó en A*DESK, “lleva muchos años tras los registros de vidas vividas, de aquellas realidades que consigna como verdadero patrimonio de la humanidad”. Ahora Sallarès presenta uno de sus trabajos más recientes y también más personales, Literatura de replà (Literatura de rellano) en el edificio donde antes vivió su abuela y ahora lo hace ella. Sallarès es una gran narradora que recopila historias y a veces las encuentra sin buscarlas. Este es el caso del edificio de la calle Muntaner, con un prostíbulo en el piso principal y dos rellanos con pisos tapiados, silenciados y sobre cuya pared la artista ha querido explicar sus historias, de vida vivida, sufrida y soñada, en la primera persona de sus anteriores inquilinos, interpelándonos directamente.

Literatura de replà es un proyecto que forma parte de la exposición “Jo em rebel·lo, nosaltres existim” (Yo me rebelo, nosotros existimos), organizada por la Fundació Palau de Caldes d’Estrac y, como en el caso de La nit just abans dels boscos, tampoco nos ha dejado tregua, ni una platea en la que protegernos de estas tranches de vie o momentos de autenticidad.

(CAT)
Portem temps observant-ho. Potser és a causa de la crisi i les retallades, però no només. Està passant en la majoria de les manifestacions culturals: cinema, teatre, música i, per descomptat, arts visuals. Hi ha un retorn a l’autogestió, al do it yourself, a la interlocució directa i individualitzada amb l’espectador, a la petita escala.

Aquesta setmana ho hem vist al Teatre Romea de Barcelona, a La nit just Abans dels Boscos, un monòleg escrit per Bernard-Marie Koltès, que parla de solitud, d’incomprensió i de rebel·lió. En aquesta ocasió, el seu director Roberto Romei no ha deixat que escoltem aquest intens monòleg còmodament asseguts a la platea del teatre, sinó que fa que l’espectador surti al carrer i sigui interpel·lat per un personatge (brillant Òscar Muñoz) que podria ser qualsevol dels que habitualment pul·lulen pel Raval. Indefens, vulnerable, reivindicatiu, desesperat i digne, al mateix temps, el protagonista de La nit just Abans dels Boscos interpel·la l’espectador i el guia per un recorregut per les entranyes del teatre mentre li explica les seves experiències, frustracions, anhels i desitjos, com només se li poden explicar a un desconegut que mai més es tornarà a veure. Hi ha preciosos moments de veritat en aquesta representació que acaba als camerinos, dels què l’actor no pot sortir a saludar ni sortir del seu personatge perquè, des del principi, s’ha renunciat a la segura separació entre l’espai de representació i el lloc del espectador.

No gaire lluny del número 51 del carrer Hospital, on està el Teatre Romea, hi ha el número 14 del carrer Muntaner. Allí hi viu Mireia Sallarès, una artista que precisament va realitzar un projecte sobre «la veritat» i, com escrivia Pilar Bonet en un article que li va dedicar a A*DESK, «porta molts anys darrere els registres de vides viscudes, d’aquelles realitats que consigna com a veritable patrimoni de la humanitat». Ara Sallarès presenta un dels seus treballs més recents i també més personals, Literatura de replà a l’edifici on abans va viure la seva àvia i ara ho fa ella. Sallarès és una gran narradora que recopila històries i de vegades les troba sense buscar-les. Aquest és el cas de l’edifici del carrer Muntaner, amb un prostíbul al pis principal i dos replans amb pisos tapiats, silenciats i sobre la paret dels quals l’artista ha volgut explicar les seves històries, de vida viscuda, soferta i somiada, en la primera persona dels seus anteriors inquilins, interpel·lant-los directament.

Literatura de replà és un projecte que forma part de l’exposició «Jo em rebel·lo, nosaltres existim», organitzada per la Fundació Palau de Caldes d’Estrac i, com en el cas de la nit just Abans dels boscos, tampoc ens dóna treva, ni una platea en la qual protegir-nos d’aquestes tranches de vie o moments d’autenticitat.

Link a A*DESK

Hace tiempo que la programación de museos y fundaciones de arte contemporáneo no se nutre principalmente de exposiciones y proyectos comisariados por colaboradores independientes (o “multidependientes” para ser más precisos) externos a la institución. La crisis de las instituciones, que es tanto económica como identitaria, es la responsable de que las colecciones hayan vuelto al primer plano de sus programaciones.

Las colecciones están vivas, evolucionan y muestran los orígenes y el ADN de los museos, configuran su identidad y su personalidad. Aunque para los museos pueda resultar más agradecido mostrar una y otra vez sus “piezas estrella” (un Jeff Wall por aquí, un Gerhard Richter por allá), es mucho más arriesgado y enriquecedor intentar configurar nuevos relatos y aportar miradas renovadas entorno a sus obras.

Esto es precisamente lo que la Fundación “la Caixa” lleva haciendo desde hace bastante tiempo. Con el ciclo “La mirada del artista”, acogió las “miradas” de Juan Uslé y Luis Gordillo o, más recientemente, a cargo de Rosa Martínez, con la exposición articulada en tres partes ¿Qué pensar? ¿qué desear? ¿qué hacer?. Caixaforum inaugura ahora un programa llamado Comisart (sí, el nombre podría haber sido un poquito más sofisticado) dirigido a comisarios emergentes, concepto que «la Caixa» traduce como “menores de 40 años y cuya experiencia incluye la realización de tres proyectos curatoriales”.

La primera de las tres propuestas de este programa es Arte Ficción. Y el título es lo menos acertado de este proyecto, comisariado por Jaime González Cela y Manuela Pedrón Nicolau, que parte de los parámetros clásicos de la ciencia ficción para generar un relato diferente, una propuesta que activa las obras de una manera inédita hasta ahora.

Es cierto que la ciencia ficción es un género que desde la distancia temporal permite analizar el presente de una manera crítica e incluso vaticinar un futuro no siempre alentador si pensamos en Blade Runner, 1984 o The Road. Jaime González Cela y Manuela Pedrón Nicolau nos sitúan en un espacio y un tiempo indeterminados, en el que llama la atención la ausencia de la figura humana, que sólo aparece alienada en la vídeoinstalación de Aernout Mik. Los trabajos seleccionados proyectan otros mundos, muestran dimensiones paralelas o presentan objetos que responden a otras realidades. En la exposición encontramos las ciudades disneyzadas de Ante Timmermans, los horizontes marinos de Hiroshi Sugimoto, los comportamientos extraños y obsesivos de los protagonistas de Aernout Mik, el reloj de tiempo detenido de Jorge Barbi, las paradójicas señalizaciones de Rogelio López Cuenca o la bicicleta cargada de bolsas como icono de una vida nómada y homeless de Andreas Slominski.

Pero el relato curatorial no sólo se configura a partir de la disposición en el espacio de los trabajos sino de una intervención muy mesurada a modo de camino a seguir (con unas líneas literalmente pintadas en el suelo) y a interrelacionar las obras a partir de conceptos clásicos en el ámbito de la ciencia ficción, como son utopía, distopía, cataclismo, génesis, paradoja y virus.

Porque es cierto que las obras pueden hablar por ellas mismas pero lo que hay que pedirle a una exposición es que sea capaz de articular un relato, de entre los muchos posibles, y de generar una situación o un universo en el que nos sintamos apelados. Y Arte Ficción (a pesar del título) lo consigue.